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¿Nuestras raíces? El pasado prehispánico en la identidad nacional

Sin duda alguna hablar del pasado prehispánico hoy en día es para algunos mexicanos  sinónimo de “nuestras raíces” indígenas. Es un hecho innegable que los símbolos de aquellas sociedades pretéritas brindan de elementos identitarios a México, mismos que nos distinguen ante el mundo. Pero esto no siempre se pensó así, entonces ¿cómo ese pasado representa el patrimonio “glorioso” de todos los mexicanos? Las siguientes líneas son producto de una reflexión en torno a dicha cuestión y tienen por objetivo esbozar brevemente el proceso de construcción de la identidad nacional mexicana a partir de la idea de  una “herencia prehispánica”.En la esquina de las calles Filomeno Mata y Tacuba en el centro histórico, se encuentra el “Jardín de la Triple Alianza” donde se exponen los bajorrelieves en bronce de los gobernantes de Tenochtitlán, Texcoco y Tlacopan elaborados por el escultor Jesús Contreras en 1888, y que sirvieron como decoración para la fachada del edificio que representó a México en la Exposición Universal de París en 1889. Estos son un ejemplo claro de cómo la idea del pasado prehispánico es un elemento vertebral de la retórica identitaria nacional, ya que en él se sitúa el “origen” de la historia nacional. Esta idea se consolidó durante el último cuarto del siglo XIX.

Volviendo a las esculturas, a primera vista llama la atención la concepción física y estética de unos robustos gobernantes indígenas, que obedecen más a los cánones europeos imperantes en la época; sin embargo su peso simbólico recae en la idea de ser ellos fundadores del famoso “Imperio Mexica” o “Triple Alianza” con sede en México-Tenochtitlan, mismo que legó a la posterior república mexicana algunos de sus elementos simbólicos más importantes, entre ellos su nombre distintivo como país y la imagen del águila sobre el nopal que se convirtió en escudo nacional.

Ubicar un “origen” en la historia nacional es fundamental ya que permite articular los diferentes elementos históricos y sociales y su devenir dentro de un espacio y tiempo compartidos, los cuales son un rasgo constitutivo para las “comunidades imaginadas”, en palabras de Benedict Anderson, que cimientan la identidad nacional o nacionalismo[1]. Con esto último queremos enfatizar la idea de que esta identidad nacional es un producto cambiante y socialmente construido o “imaginado” que da respuesta a la necesidad de distinción y pertenencia social en un contexto histórico determinado.

Ese pasado indígena lejano y exótico que significó la entrada de México a la modernidad de finales del siglo XIX, no expresaba la turbia realidad multiétnica que vivía el país en aquellos años, los indígenas contemporáneos no encajaban en el discurso nacional y eran vistos como un lastre heredado de la época colonial. Después de la Revolución Mexicana la política hacia los grupos indígenas dio un giro radical que reconoció su “herencia ancestral” de la mano de los trabajos arqueológicos y etnográficos de Manuel Gamio, mismos que proporcionaron las bases para consolidar la idea de que los antiguos constructores de “pirámides” y los indígenas contemporáneos compartían una esencia cultural única[2]. Esto los convertía en una “herencia viva” que tenía el potencial para la integración del nuevo proyecto de Estado.

Así fue como se dio forma al indigenismo oficial que llegó hasta las vías institucionales y que tuvo sus “grandes momentos”[3], pero paradójicamente no cambió la esencia política de las relaciones entre las comunidades indígenas y el Estado, aunque si nutrió de más rasgos a la identidad nacional mexicana. Resultado de ello es que hoy en día se relacione el pasado prehispánico con los grupos indígenas contemporáneos como espejo de una tradición ancestral y herencia viva que repercute en la sociedad mexicana actual[4].

Para concluir queremos subrayar la necesidad de reconocer la complejidad del fenómeno de construcción de la identidad nacional, y que el caso de México como en la mayoría de los países americanos, el pasado prehispánico se debe considerar como un rasgo de la pluralidad étnica y cultural en sus múltiples manifestaciones que dotan de una esencia particular a nuestra historia.  

Referencias

[1] Benedict Anderson, Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, México, FCE, 1996.

[2] Manuel Gamio, Forjando Patria, México, Porrúa, 1960.

[3] Luis Villoro, Los grandes momentos del indigenismo en México, México, SEP-CISESAS, 1972.

[4]Guillermo Bonfil Batalla, México profundo. Una civilización negada, SEP-CIESAS, 1987.

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