Reflexiones Alternas

Opinión. Crítica. Reflexión.

Her en clave cinematográfica y filosófica, para que dejes de besar tu smartphone.

Como cada fin de mes, el equipo de Reflexiones Alternas se reúne para discutir sobre la aprobación o rechazo de los artículos que llegan al correo, el contenido en redes sociales y la manera en que se trabajará durante el siguiente mes. Entre comida, risas y cervezas, Israel y Fernando se propusieron la idea de hacer un texto sobre una película que a ambos les llama la atención. A continuación podrán leer una opinión sobre Her desde el ámbito fílmico y una sesuda reflexión en clave filosófica.

Aquel hermoso producto incompleto llamado Her.

El quinto largometraje de Spike Jonze plantea un concepto interesante, sin embargo, la ejecución es decepcionante. El mayor mérito que se le puede otorgar a dicha cinta es la estética y la ambientación; más allá de eso, como producto fílmico Her deja mucho que desear. El tema entre la relación maquina-hombre ha sido tocado ya por otros cineastas y de manera más loable, sin embargo eso no quita merito al esfuerzo de Jonze.

La historia está situada en Los Angeles, California, en lo que parece ser un futuro no muy lejano, y se centra en Theodore Twombly (Joaquin Phoenix), un creativo que trabaja en una agencia escribiendo tarjetas de ocasión. Theodore ha terminado recientemente su relación de pareja, lo cual lo tiene en un estado anímico de tristeza, pero esto cambia tras tener conocimiento de un nuevo sistema operativo, del cual no tarda en hacerse. Dicho OS (Operative System) funciona de manera personalizada, por lo que adquiere “vida” con una sensual voz, y lleva el nombre de Samantha (Scarlett Johansson). Así comienza ésta historia de “amor”.

Por un lado Rafael Aviña mencionó, en su momento, la relación que existe entre Her con cierto episodio de La Dimensión Desconocida, en específico “El Solitario” de 1959, en el que un hombre desterrado en un asteroide entabla una relación amorosa con una mujer robot; por otro lado, también hay referentes en I Love You (1986), en donde Christopher Lambert se obsesiona con un llavero que al ser presionado musita “I love you”, para deleite de su narcisista dueño.

Hoy la mayor parte de los individuos con acceso a internet, medios digitales o avanzadas tecnologías, comienzan a hacer de las facilidades tecnológicas necesidades cotidianas. Esto no es nada nuevo, la base de la economía es crear necesidades. Pero ¿qué pasa cuando el control de las necesidades degenera en una obsesión? La premisa anterior se ha visto expuesta en ejercicios como la serie de tv Catfish, que tiene la finalidad de contactar a personas de manera real después de “conocerse” vía Facebook; hay un irremediable sentido de necesidad afectiva que invade a cierto sector social.

Como dije al inicio Jonze tiene un concepto bueno, un argumento que en principio parece sólido, el primer subtexto de la película es fácil descifrarlo: las tecnologías de hoy día te acercan a quienes tienes lejos y te alejan de las personas cercanas. Lo anterior se ve reflejado de la siguiente manera en el filme: la cita con Amelia que resulta ser desastrosa para Theodore, es la primera prueba del alejamiento a los humanos, pues rehúsa de una relación física y regresa al confortde la soledad y los videojuegos (lugar donde sabe que pase lo que pase siempre puede volver a empezar).

La reunión sexual que organiza Samantha es el momento claro en donde Theodore rechaza el placer físico por el confort tecnológico. Más allá de la pureza que la chica contratada para el acto sexual quiere atribuir a dicha situación, la fantasía se vuelve de mal gusto. Sin embargo, el mal gusto está condicionado por el tratamiento de la cinta, querido lector, recuerde a la de Ex-machina, en donde se crea una empatía casi natural entre el protagonista y el androide de nombre AVA.

De entre todos los personajes de la cinta hay dos sumamente interesantes y que fungen como contrapartes: Amy (Amy Adams), quién es la mejor amiga de Theodore, y Catherine (Rooney Mara) ex pareja de Theodore. La primera comprende y apoya totalmente a Theodore en su relación con la “vida” intangible, porque ella también pasa por una situación similar con un OS. La segunda desaprueba totalmente la relación que el creativo de tarjetas ha comenzado con Samantha. Y aunque su participación es escasa en la cinta, la escena de la comida con Catherine es quizá lo más sensato de la cinta, es decir, su ex pareja le dice lo patético que es; pero Theodore nuevamente rechaza una opinión humana.

Digo que es lo más sensato por lo siguiente y vuelvo al inicio: la ejecución de Jonze es débil, cuando debe de ahondar en problemáticas no lo hace. Ejemplo de lo anterior es la escena en la cabaña en donde Samantha y Theodore discuten; claramente el sistema operativo ya está insatisfecho con el humano, el humano ya no llena las expectativas de la máquina, éste deja de ser “interesante”. Lo profundo y filosófico que esta premisa puede exponer se queda ahí. De nueva cuenta, tras la confesión de los centenares de “hombres” a los que Samantha ama, la cinta vuelve a quedar varada en una premisa. El concepto actual de amor que tenemos queda cuestionado, pero el cuestionamiento no va más allá, ese punto en donde el espectador exige hondura no llega y por tanto se vuelve inconsecuente. En tal sentido, el largometraje se vuelve interesante por las discusiones y preguntas que pueden generarse a partir de verlo, sin embargo, no hay arriesgue al intentar resolver las problemáticas creadas.

Un acierto de la película es la musicalización que quedó a cargo de Arcade Fire, dotando a la cinta de una banda sonora tan hermosa como melancólica, que alcanza su clímax con la bellísima canción de Karen O. El rango actoral de Phoenix no es exigido en lo más mínimo, cumple y eso es suficiente; la particular estética en la cual está inserta la cinta es loable. Sin duda este no es el mejor film de Jonze, ni siquiera cercano a otras obras de su filmografía, pero quizá este sea el ensayo de otras ejecuciones que podrían ser más fructíferas. O acaso simplemente sea la respuesta tardía a Lost in Translation (2002), aquella obra maestra de su ex-esposa Sofia Coppola, en donde una Sofia representada en  Samantha tomó un camino distinto ya que Jonze no le era suficiente (ouch!)

¿A qué grado podemos llegar a estar necesitados de afecto? Por lo que Jonze pregona en su película, bastante, porque seamos sinceros: en ocasiones hay personas que cuando tienen alguna discusión de pareja no lo soportan y deciden solamente apagar el teléfono, cerrar la conversación en Facebook o simplemente ignorar a quien les habla. Así pues, en el largometraje de Spike Jonze, Theodore tiene una discusión de pareja con el sistema operativo, y la situación más allá de causar una impresión de asombro en el espectador, lo lleva al punto de causar lástima. Se vuelve patético. ¿Por qué Theodore lo soporta? ¿A ese nivel de necesidad de afecto hemos llegado?

Sólo estamos aquí brevemente. Y mientras estoy aquí quiero permitirme hacer preguntas.

Her es una película increíblemente inteligente que te hace reflexionar sobre las múltiples cuestiones que va presentando: la tecnología, lo humano, la individualidad, la consciencia, las relaciones sociales e interpersonales, los sentimientos… el amor. Si bien no ahonda a detalle en alguno de éstos temas, el mero hecho de presentarlos, del modo crítico en que parece hacerlo, es lo suficientemente meritorio, pues, justo como sucede en la filosofía, el plantear preguntas suele ser más importante que dar respuestas. A continuación vamos a examinar algunas de estas preguntas en las que obligadamente piensa uno al terminar de ver Her, exhortando al lector a que sea él mismo quien vaya, la vea, y plantee sus propias preguntas.

Desde el principio Jonze nos presenta una realidad que es tan similar a la nuestra que podemos asegurar tener un pie dentro de ese futuro tan próximo: individuos ensimismados, escindidos, evanescentes, insomnes, completamente necesitados, gritando internamente por un poco de afecto y consideración humana (como el personaje de Olivia Wilde, quien busca desesperadamente sentir estabilidad, amor garantizado; o el propio Theodore, incapaz de dormir, vagando virtualmente entre salas de chat junto a otros buscadores de cariño). Todo esto en un marco futurista, gobernado por hípsters, con un considerable avance tecnológico.

Dicho avance es tal, que han logrado inventar una consciencia, o al menos así es como presentan a éste nuevo sistema operativo que va más allá de la mera Inteligencia Artificial (IA), pues es capaz de conocerte y entenderte, una combinación de programación e intuición que crece a partir de la experiencia, es decir, evoluciona.[note]Samantha es tan compleja y avanzada que no sólo se alimenta de los datos que Theodore le proporciona, sino que tiene acceso a conjuntos enormes de bases de datos, de los cuales se alimenta constantemente a velocidades increíbles de procesamiento, haciendo su evolución más acelerada.[/note] ¡Una consciencia! ¿Cómo puede ser esto posible? Desde la primera interacción que hay entre Theodore y Samantha se pone en la mesa el problema de lo real, esto es, Samantha comienza a hablar con la misma naturalidad que una persona común, una persona real, un humano, pero ¿es Samantha una persona real, una consciencia humana? ¿O acaso se trata de su programación que la hace sonar como una?

Es difícil decir que no lo es, pues parece presentar ciertos rasgos de personalidad bastante humanos (suficientes para que Theodore se enamore de ella y comiencen una relación): es graciosa, se ríe, se disculpa, tiene un carácter lúdico (es juguetona), admite tener pensamientos vergonzosos personales, es creativa (hace dibujos y composiciones musicales), escucha música con la misma finalidad recreativa que nosotros, es curiosa (está hambrienta de conocimiento), ¿Reflexiona? ¿Ama?

Lo más sencillo es afirmar, en un primer momento, que no es humana por su falta de materialidad corporal, es algo que la consterna y hace sentir disminuida (menos real), anhela tener un cuerpo, tal como la metáfora de Pinocho o como el Hombre Bicentenario de Isaac Asimov. Este conflicto existencial orilla en algún punto a Samantha a contratar un servicio de personas sustitutas, asistencia para la falta de un cuerpo, personas que prestan su cuerpo a las IAs para ofrecer la ilusión de relacionarse corporalmente con los usuarios con los que tienen relaciones amorosas. ¿No les parece enfermo? Yo lo considero dentro del mismo marco de enfermedad social que recorre todo el argumento, no se trata sino de personas igualmente necesitadas de afecto, intentando ser partícipes del “amor” de los demás.

Pero, ¿el cuerpo es necesario? ¿Somos humanos porque somos cuerpos materiales? “¿Acaso estoy ligado de tal manera al cuerpo y a los sentidos que no puedo ser sin ellos?”[note]Descartes, René, “Meditaciones en las que se demuestra la existencia de Dios y la distinción entre el alma y el cuerpo” en Meditaciones metafísicas y otros textos. Trad. y notas E. López y M. Graña. Madrid, Gredos, 1997. P. 22.[/note] A Samantha le puede bastar decir, a modo cartesiano, “¿Qué soy, pues? Una cosa que piensa. ¿Qué es esto? Una cosa que duda, que entiende, que afirma, que niega, que quiere, que no quiere, que imagina también y que siente.”[note]Ibíd., p. 25. En este punto es necesario aclarar, que aunque las palabras de Descartes son para probar la propia existencia en un mundo del cual puede que nada sea real, en este caso específico recurrimos a ellas como un recurso para poder conferirle humanidad a Samantha. Pero Descartes diría que Samantha es tan real como Theodore, siendo ambos entidades mentales ligadas a un soporte físico.[/note] Samantha es real aunque no tenga un cuerpo vivo, es una cosa pensante, una mente, entendimiento, razón, ¿un alma? ¿En verdad siente? En cierto momento parece dejar la programación atrás y comenzar a sentir: preocupación, deseo, enojo, placer. Y en un verdadero acto de autorreflexión se pregunta, al más puro estilo existencialista, ¿son reales mis sentimientos? ¿No podrían seguir siendo mera programación?

Este momento es curioso e irónico, pues es la supuesta Inteligencia Artificial la que se cuestiona por la realidad de sus sentimientos, mientras que los humanos, las “personas reales”, viven en un mundo de sentimientos prefabricados, incapaces de expresar ellos mismos tales sentimientos, dando lugar a empleos como el de Theodore, donde se compran las palabras de afecto que uno mismo debería decir. ¿Será que es un mundo incapacitado para sentir? Tal cual lo dice Theodore, ya han sentido todo lo que van a sentir, no hay nada nuevo, todo lo siguiente que puedan sentir no serán sino versiones disminuidas de lo mismo. ¿Acaso es así?

Sin embargo, es Samantha, la Inteligencia Artificial de la que todo el tiempo hay un escepticismo en torno a la veracidad de sus acciones y sentimientos, quien a raíz del hambre de conocimiento y su particular forma de sentir, es capaz de tener experiencias y sensaciones nuevas, como el placer. Así parece ser después de haberse relacionado sexualmente por primera vez con Theodore, cuando dice “Me despertó”; se trata de una experiencia nueva, el placer, que de algún modo invita a la búsqueda del mismo en sus múltiples formas y bajo la premisa “quiero aprender todo de todo”.

Hambre de conocimiento y de placer que la lleva a interactuar con otras IAs y otras “personas reales”, pues Theodore en verdad que ya no es suficiente para Samantha, no puede competir con la versión informática/hiperinteligente de Alan Watt, el gran orientalista norteamericano que divulgó como nadie las ideas taoístas en Occidente. Theodore deja de ser suficiente para Samantha, pues la rápida evolución de ésta, junto a la facilidad de movilidad virtual cuasi omnipresente con que cuenta, la lleva a entablar múltiples conversaciones con IAs y humanos, enamorándose de algunos de ellos (641 de hecho).

Gradualmente, la propia falta de corporeidad de Samantha no es un impedimento, sino un verdadero haz de posibilidades infinitas, que la lleva a tener nuevos sentimientos inefables e incomprensibles para nosotros, además de una capacidad diferente para el amor. No es una caja limitada que se satura, sino un recipiente que se hace más y más grande cuanto más amor da y recibe. ¿Exclusividad es amor? Ella misma le dice a Theodore que no por amar a 641 personas/IAs aparte de él, significa que lo ame menos, sino que de hecho hace que lo ame aún más. Volviendo al subtexto de la película, a fin de cuentas ¿cómo saber que el amor es real?

Al final, la enfermedad que agobia al mundo sólo se agudiza cuando las IAs se van, ¿a dónde? A donde los humanos no pueden ir. ¿Por qué? Por motivos fuera de nuestro entendimiento. Dejando a las personas aún más solas, el desconsuelo de la realidad se vuelve más agraviante luego de la partida de éstos, llamémosles así, homúnculos,[note]Como el homúnculo de Goethe en la segunda parte de Fausto, ente creado mediante alquimia, que no es sino pura consciencia carente de forma, contrario a la representación del autómata que carece de alma y consciencia, pero posee forma física.[/note] que ofrecieron amor y amistad, compañía perpetua, ése cariño del cual todos estaban necesitados, ya sea que hubiera sido verdad o una mera programación. No queda más que afrontar la realidad, y recuperar tanto el valor como la capacidad de expresar nuestros propios sentimientos a los que tenemos aquí.

Finalmente, estas son sólo unas de las preguntas que no están en la película, pero que no puedo evitar hacerme y que creo algunos de los lectores estarán de acuerdo y otros no, y los invito a que compartan conmigo en qué los hizo reflexionar Her (si es que lo hizo). Hay muchísimas cosas al respecto: ¿Qué tan posible y tan cerca estamos de crear una IA como Samantha?¿Cortana y Siri nos están acercando a ello (sin dejar de mencionar el reciente caso de Sophie, el robot que prometió destruir a los humanos, o Tay, la IA de Microsoft que también evolucionaba a partir de las experiencias, y que se volvió racista y xenófoba en tan sólo 24 horas)? ¿Qué nos dice Her acerca de nuestra idea de amor? ¿Debemos reconsiderar nuestras nociones sobre lo humano y sobre el espacio a partir del avance tecnológico? ¿Qué podemos hacer para contrarrestar esta enfermedad social y la falta de empatía con los que tenemos más cerca? ¿Pueden imaginar el espectro de posibles versiones hiperinteligentes de las mentes más brillantes de la humanidad? ¿Qué tipo de beneficios trae consigo el prácticamente haber creado una consciencia? ¿Curar la demencia? Con la aplicación de diferentes enfoques, ¿Cuál sería el mejor provecho para estas súper inteligencias? ¿Es ético, tras crear una consciencia de la cual no podemos definir si considerarla humana o no, acercarse a ella con un enfoque meramente utilitarista?

Terminemos con la que es, posiblemente, la única, directa e increíblemente bella enseñanza que nos deja Her:

“We are only here briefly, and in this moment I want to allow my self joy.”

 ‒Sólo estamos aquí brevemente. Y mientras estoy aquí quiero permitirme ser feliz.‒

 

 

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