Reflexiones Alternas

Opinión. Crítica. Reflexión.

¿Creen que está bien? (Do you think it’s alright?)

Cada que miro la pared de mi cuarto es inevitable ver los boletos de conciertos que tengo acumulados en un cachito. No voy a presumir cuántos son, tampoco quiero mencionar cada una de mis experiencias. Siempre recordaré aquella vez que tuve en mis manos el boleto para el mejor concierto de todos.  Sólo me falta enmarcarlo.

El periódico lo anunció horas después de que mi amigo el más ñoño me marcara al celular, ya tenía todo planeado, para él la organización era importante hasta para comprar los boletos con éxito. De nuestro grupo de amigos  sólo cuatro íbamos a ir al Foro Sol el 17 de marzo de 2007; el boleto no salió nada barato, pero ¿a quién le importaría el precio cuando se trata de The Who?

Como buenos pubertos emocionados no dejamos de escuchar los discos que teníamos; hablamos del tema hasta el cansancio durante meses. Los que no iban a ir ya estaban hartos de nosotros. Comenzamos a escuchar a la banda inglesa de diversas maneras, es algo que nos une pues a todos nos gusta. A la fecha poner en una fiesta alguna canción de ellos y gritarla como retrasados es parte de nuestra esencia.

Recuerdo cuando mi papá puso el acetato Tommy cuando yo tenía 8 años, en ese momento no sabía lo mucho que me marcaría; él me contaba sobre la importancia de The Who, las guitarras estruendosas y unos gritos como de villancico sólo me hicieron cuestionar la portada azul, como hipnotizada. Es una historia que se cuenta a lo largo de más de veinte canciones: Tommy, un niño sordomudo y ciego, sufre maltrato infantil y pérdida de inocencia, y encuentra en el pinball atención mundial, además de convertirse en una especie de mesías.

La vez que vi la película Tommy en pantalla grande, dirigida por Ken Russell, mi mundo cambió, pues me di cuenta de las formas en que se puede interpretar la música y los alcances que tiene en el cine. Salí traumada y sordomuda, nunca había admirado tanto algo que llegaba a lo desagradable; mi perspectiva del cine cambió. A pesar de que la élite cinematográfica, con su boina y pipa,  le tenga críticas que escupen odio, es una de mis películas favorita; después conocí Quadrophenia, la “ópera” que cambió el rumbo de mi vida.

Desde entonces mis ganas de ver a The Who eran grandes, saber que ya tenía boleto era algo que me emocionaba. Parecía que estaba lista para ese día desde que nací. Yo ya me veía: llegar al foro, comprarme una cerveza o dos; esquivar algunos elefantes, mastodontes y jirafas para alcanzar a ver un poco, porque mi boleto general indicaba que debía estar lista para todo. Suelo marearme cuando hay mucha gente, entonces, tomar una pastilla ayuda bastante en los eventos de este tipo.

El mejor concierto de todos a los que he ido es ese que no existió. Mi boleto sin cortar está ahí, en mi pared, solo y triste como yo. La frustración que sentí una semana antes de la fecha indicada sigue sin superarse: el vocalista de la banda, Roger Daltrey, se enfermó de su gargantita y canceló a la mera hora. No pude verlos, no pude cantar nada y no sirvió haber comprado tantas cajas de Dramamine.

Lo peor fue cómo se tardaron tanto en dar explicaciones y la devolución del dinero. Al final, los lacras de Ticketmaster me robaron como 150 pesos, lo que más coraje me da es que no pude ver a The Who y creo que nunca podré. Entiendo cuando los músicos se enferman, pero lo que no comprendo es por qué organizan eventos cuando saben que existe una probable cancelación. La logística de Ocesa y  sus amiguitos es un robo.

¿Creen que está bien? Yo me quedo con mi berrinche. Mi consuelo es escucharlos en mi iTunes, al parecer mi boleto favorito se quedará como un recuerdo vacío, ciego y mudo.

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