Reflexiones Alternas

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El último gran genio universal

No cabe duda que Leibniz ha sido uno de los personajes más importantes, sobresalientes, universales, eruditos y abiertos de la Filosofía, además de contar con una voluntad indesmayable por superar los antagonismos que en su momento encontró dentro de ella, principalmente. Fue una mente que no descansó en una área determinada, por el contrario, tuvo el interés por adentrarse en distintos ramos de la cultura, en donde dejó impregnada su huella y su estilo, sin dejar de mencionar lo importante que resultaron sus grandes inventos y descubrimientos que aportó en los distintos campos del conocimiento.

En la ciencia matemática descubre el cálculo diferencial, en física formula la ley de la conservación de la energía, en lógica se le cuenta hoy entre los fundadores de la logística, en psicología descubre el inconsciente, en las ciencias históricas da a su tiempo el ejemplo de un estudio a fondo de las fuentes, en teología redacta una justificación de la providencia divina mejor que lo hiciera un teólogo de profesión, en la ciencia económica desarrolla una serie  de proyectos prácticos para la explotación de minas, para el alumbramiento de aguas, cultivo del campo y cosas parecidas.

Una mente brillante que no sucumbió ante el cambio de paradigma en el que se encontraba en pleno siglo XVII, mucho le interesó poder involucrarse en los temas que en su tiempo acaparaban los reflectores en los centros académicos y que abordaban grandes personajes del medio intelectual. Entabló grandes relaciones intelectuales y de amistad, sostuvo correspondencia con personajes influyentes de su época, por ejemplo basta recordar sus cartas con la duquesa Sofía, con la princesa Elisabeth, con las electoras de Braunschweig y de Brandenburgo, “aparte de Newton, de Locke, de Descartes, de Spinoza, de Huygens, de Arnauld o de Clarke, y desde luego reyes, príncipes, duques, nobles, ministros, diplomáticos y obispos con los cuales se relacionó.” [2]

Así, podría catalogarse al pensador de Hannover como el científico, el físico, el diplomático, el político o inclusive el jurista (por sus grandes aportaciones en dicho campo), sin embargo el verdadero Leibniz debe ser aquel que se le considere como un filósofo. Para Leibniz la filosofía era aquella forma de relacionarse con el conocimiento, esa definición misma de la  propia filosofía: amor a la sabiduría; aquella sabiduría que se pregunta por el inicio de las cosas y el fin de las mismas, la cual lo llevaría a exponer un nuevo sistema metafísico capaz de resolver el problema cartesiano y rescatar la filosofía del embrollo en el que se había sumergido con Descartes y su sistema mecanicista-materialista.

Un Leibniz que se preguntaba por estas cosas elementales de la filosofía, a impulsos de un desinteresado a la verdad y al bien, como lo había hecho la tradición metafísica de occidente, desde Tales hasta Platón, pasando por Aristóteles. Gracias a ello se le considera como un personaje que constituye la continuidad de la tradición antigua y medieval hasta la filosofía alemana. Será, precisamente con Kant, con quien encuentre el punto de partida para el posterior desarrollo de la filosofía clásica alemana y la escuela idealista. Esta filosofía alemana, que “a través de Leibniz estará inscrita en la continuidad de la conciencia metafísica que viene de la antigüedad y de la edad media.” [3] Así, a Kant se le puede llamar, en un primer acercamiento, un leibniziano, aunque posteriormente se separé de él para formular una metafísica propia con su filosofía trascendental, la problemática sobre el conocimiento de las esencias se puede situar bajo la línea y el espíritu leibniziano. De tal forma que, ante el movimiento doctrinal del materialismo, Leibniz y Kant serán los que devuelvan su vigor al pensamiento antiguo de la filosofía moderna, que en aquellos momentos recayó eminentemente en los filósofos alemanes.

Portada de la edición Trilingüe de la Monadología

Al morir, Leibniz dejó una obra inmensa y los cimientos para futuras investigaciones por parte de los más destacados personajes de la historia del pensamiento moderno. Dentro de su enorme abanico de documentos destacan aquellos que fueron pilares a la hora de desarrollar su propuesta filosófica y aquellos que sirvieron para el inicio de nuevas investigaciones, dejando aún muchísimos escritos que quizá no representen un interés a los nuevos intelectuales. Así, “los escritos filosóficos de Leibniz son muy numerosos: sólo hacer el inventario de ellos es ya un trabajo considerable.”[4] Sin embargo, se puede hacer una clasificación de todos ellos en cuatro sencillo rubros, que no ejemplifican la importancia de ellos, sino la practicidad y comodidad que resulta hacerlo de esta forma. En primer lugar se encuentran las obras propiamente populares, donde sobre sale La Monadología; en segundo lugar están las cartas donde podemos encontrar las relaciones con Arnauld y Clarke; en tercer momento se encuentran los breves tratados, sobresalen Sistema nuevo de la naturaleza y de la comunicación de las substancias; y finalmente en cuarto lugar están los escritos sin terminar como la Disertación sobre el arte combinatorio. [5]

Así pues, Leibniz fue uno de los grandes y máximos exponentes de un sistema estructurado y universal, no sólo en la Europa racionalista del siglo XVII sino de los últimos tiempos. Equiparable a Aristóteles, fue estudioso de los máximos autores antiguos, medievales y los de su época, “Platón, Aristóteles, Plotino, Santo Tomás, Duns Escoto,  los comentadores de Santo Tomás, Capréolo, Cayetano, Suárez, los pensadores del renacimiento, Descartes, Spinoza, Malebranche, Hobbes, Gassendi y Locke.”[6]  No obstante, el reconocimiento a su gran capacidad intelectual y a sus diversas aportaciones en la historia del pensamiento humano no llegó en su época, pues en el momento de su muerte, en 1716, en medio de un gran abandono, el único personaje que asistió a su entierro fue su secretario.

Sin embargo su legado ya había sido inscrito dentro de la historia de la humanidad. Su capacidad de análisis y síntesis sobre los problemas que en su época ocupaban a las mentes más brillantes se vio reflejada en la influencia que dejo en las ideas de Wolf y los neokantianos, pasando por el primer Kant, Fichte y Hegel. Leibniz dejó su huella en el periodo de la Ilustración como en el Romanticismo alemán, siendo un referente de aquella época. De igual manera en la Francia del siglo XVIII tuvo sus seguidores por sus aportaciones científicas, así como sus críticos en el llamado Siglo de las Luces, sobre todo por parte de Voltaire en Cándido.

Finalmente y a modo de una pequeña conclusión, el reconocimiento y el lugar que ocupa Leibniz es poco valorado y estudiado en los círculos intelectuales; hoy en día existen muchos –si la expresión se me permite– aristotélicos, tomistas, agustinos, platónicos, hegelianos, kantianos, etc., pero pocos leibnizianos. Ojalá y este breve acercamiento a la figura de Leibniz sirva como motivación para un futuro análisis y estudio minucioso sobre su pensamiento, y que a su vez, estos estudios promuevan el acercamiento a mentes que a lo largo del tiempo la historia les ha negado el lugar que les corresponde.

Referencias

[1] Hirschberger, Johannes, Historia de la filosofía, tomo II, Barcelona, Herder, 2000. p. 98.

[2] W. Leibniz, Filosofía para princesas, Trad., Introd., y Notas Javier Echeverría, Madrid, Alianza, 1989. p. 16.

[3] Hirschberger, Johannes, Historia de la filosofía, tomo II, Barcelona, Herder, 2000. p. 99.

[4] Halbwachs, Maurice, Leibniz vida, doctrina y obra, México, América, 1943. P. 11.

[5] Para realizar esta clasificación de los escritos de Leibniz, utilizaremos la misma que Maurice realiza en su libro; Leibniz vida, doctrina y obra.

[6] Verneaux, Roger, Historia de la filosofía moderna, Barcelona, Herder, 2005. P. 94.

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