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La guerra del fútbol: Honduras y El Salvador entre goles, patadas y balas

A todos aquellos que nos gusta el fútbol deberíamos estar contentos todo el año, dado que hay una cantidad impresionante de competencias tanto a nivel mundial, como torneos de liga; copas o torneos internacionales como la Champions League y la Copa Libertadores (a nivel de clubes). Actualmente se está llevando a nivel selección la Copa América, y luego vendrán la Euro Copa, la Copa Oro, la Copa Confederaciones y la mismísima Copa del Mundo, las cuales provocan que se desborde una pasión impresionante.

El fútbol ha sido y es un protagonista de la sociedad mundial. Se tienen historias fantásticas de balones rodando por distintos escenarios, algunas de ellas incluso pueden hacer que recobremos la confianza en la humanidad.

Una de ellas es la famosa y llamada “paz de navidad” durante la Primera Guerra Mundial; también está la historia del FC Star en Ucrania; o anécdotas individuales como el de Johan Cruyff al negarse a jugar el mundial de Argentina 78 por causa de la dictadura militar de aquel país; incluso, en el mismo continente americano, lo hecho por Sócrates, un brasileño que logró que en Corinthians el balón rodara de forma democrática entre sus compañeros, a diferencia de todos los demás en su país. Pero el balón ha estado también en momentos hostiles, pues en 1969, después de tres partidos de fútbol, se desencadenó una guerra, episodio conocido en la historia con el nombre de “La guerra del fútbol”.

En junio de aquel año, se jugaban las eliminatorias para el mundial del año siguiente a celebrarse en México, el cual, para la Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe de Fútbol (CONCACAF) tenía dos lugares: el del anfitrión y uno más. Para la fase semifinal de la clasificación, estaban en la disputa por ese boleto Estados Unidos, Haití, Honduras y El Salvador, siendo estos últimos los equipos representativos de las naciones que fueron protagonistas de la guerra mencionada.

Los contextos de estos dos países en Centroamérica son muy distintos a pesar de ser frontera uno con el otro. Por un lado, Honduras es un país con una tierra fértil, pero con una pobreza aguda; mientras que El Salvador, a pesar de no poseer un grado considerable de “desarrollo”, cuenta con mayores adelantos industriales que el primero. Pero ¿cuál era el problema entre estos dos?

En El Salvador existía una densidad poblacional tan alta que provocó movimientos migratorios al país vecino (Honduras), sin olvidar que las pocas tierras cultivables de este país eran monopolizadas por algunos pocos latifundistas. Los salvadoreños que migraron a Honduras se empezaron a hacer ‒de forma legal o ilegal‒ de tierras, y en febrero de 1969 se declaró una revolución agraria en la cual se haría el reparto de las tierras fértiles hondureñas solamente entre los originarios a esta nación, excluyendo a la población salvadoreña. Esto causó una grave preocupación al gobierno salvadoreño, ya que el regreso y reacomodo de 300 mil compatriotas sería casi imposible.

Regresando al fútbol, el 8 de junio, en pleno conflicto político, se jugaría el primer duelo semifinal entre ambas naciones en la capital catracha, Tegucigalpa, donde el seleccionado salvadoreño, desde su llegada un día antes, fue recibido con gritos ofensivos y una fiesta afuera de su hotel que duró toda la noche, propiciando que en el partido de ida los guatemaltecos salieran victoriosos en casa por la mínima diferencia (1-0). Esto significó para en el país rival una derrota dolorosa “sobre todo cuando se supo la noticia de una pequeña que no soportó la tristeza de su padre ante la derrota de su selección, por lo que fue en busca del arma de éste y se dio un tiro en la cabeza que termino con su vida. Un periódico salvadoreño tituló la noticia así: ‘Una joven que no pudo soportar la humillación a la que fue sometida su patria’ ”. [1]

Para la noche anterior al 15 de junio, día en que a los guatemaltecos les tocó estar en calidad de visitantes, fueron recibidos de una manera hostil, con amenazas verbales e incluso le rompieron los vidrios al hotel en que se encontraban concentrados; también les lanzaron desde huevos podridos y ratas muertas, hasta petardos, al grado de que al otro día los catrachos tuvieron que ser escoltados a la cancha. El resultado ahora fue un 3-0, el cual agradeció el técnico guatemalteco ya que no se quería imaginar que hubiera pasado si salían con la victoria.

Para los locales esto significó mandar a un partido de desempate, mismo que se celebró en la Ciudad de México doce días después. Fue un partido en que se tuvo que dividir a las aficiones, de un lado los salvadoreños y del otro los hondureños, ambos cuidados por cinco mil policías mexicanos. Aunque el partido era en un terreno neutral a todo contexto político y deportivo, el ambiente era poco agradable, pero al final de los 90 minutos se tuvo un vencedor: El Salvador, con un marcador de 3-2 sobre Honduras.

El Salvador fue el vencedor en la cancha y quería serlo en el campo de batalla. El 14 de julio de 1969, a las 6 de la tarde, declaró la guerra a Honduras, realizando un exitoso ataque terrestre sobre la frontera catracha y bombardeando algunas ciudades. Sin embargo, la Organización de Estados Americanos logró darle fin a la guerra el 20 de julio del mismo año.

En los próximos meses El Salvador jugaría la final de la clasificación contra Haití, selección a la cual también venció clasificándose a la copa del mundo de 1970, compartiendo grupo con México, Bélgica y la Unión Soviética, rivales a los cuales no pudo siquiera meter un gol.

El fútbol en ocasiones se encuentra en escenarios muy extraños, y esta guerra del fútbol no la desencadenó el esférico dentro de la cancha; contrario a ello, el contexto manchó esta eliminatoria en la cual dos selecciones se vieron presionadas, atacadas, e intimidadas por algo de lo que ellos no eran responsables.

[1] Silva Schurmann, Luis Felipe, El futbol y la guerra. Entre balas y balones, México, Planeta, 2015, p 78.

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