Reflexiones Alternas

Opinión. Crítica. Reflexión.

Claveles para tu partida

Limerencia, escuché por primera vez. No había sido necesario el conocer la palabra o si quiera haberla escuchado (leído en su defecto). La sentí en su totalidad a causa tuya. Y es que ¿qué son las palabras sino una ligera aproximación a las ideas y estados mentales que se experimentan? Tú fuiste por mucho tiempo mi estado mental. Eras mi causa y efecto. Y como tal, no me era posible expresarme en otro lenguaje que no fuera el tuyo, no conocía otro.

Tu partida… Eso que tanto me afectó en su momento. En tu momento. Aún era tiempo de ti. En tu tiempo leía mi realidad. Y es que disfrutaba tanto de esa lectura tuya, esa construcción literaria que hacías de mí. Aquella representación mía que me hiciste ser y que creí en ella tan ingenuamente. Ingenuamente.

Mucho tiempo, dije-escribí unas líneas atrás. ¿Cuánto es mucho tiempo? ¿Cuándo empezó? Me gustaría tener una respuesta medianamente cercana, pero me vi envuelto tan de repente en todo ese desmadre que eras tú (que éramos nosotros), que ni tiempo me dio de cronometrar en qué segundo empezaste, en qué punto te volviste TÚ, te convertiste en ella, te imaginé como aquella. Aquella.

Tus tiempos… Marcaron arbitrariamente lo vivido. Eso que creí haber vivido. Esa creación cronológica tan tuya. Minuto de sueños. Segundos inventados. Sensaciones atemporales. Ella como un ente atemporal, momentos perpetuos. Todas estas abruptas y asfixiantes sensaciones se resumen a la apertura y transferencia de tu tan avanzada inteligencia emocional. Mi analfabetismo emocional, ese vacío, que hasta ese momento no tenía idea de su existencia, fue subsanado por tus tiempos. Nuestros tiempos, los llamaré desde hoy.

Ese desmadre que éramos. El desmadre individual de cada quien y en conjunto. Ya de por si era un revoltijo de mí mismo. Hasta creo que era algo que disfrutaba en el momento. No saber nada que sobrepasara el día que trascurría. Ya llegaría el mañana y en su momento lidiaría con él, pero no en ese instante, no en ese presente perpetuo.

En verdad fuiste la primera persona que se dio cuenta y valoró todo lo que era. La primera en apreciar de una manera profunda, una manera tan tuya, todas esas cualidades, defectos y pendejadas que me componían. Esa comprensión de mi, ahora se la atribuyo a que estabas conformada por unas pendejadas tan parecidas a las mías. Te pensaba en algo así como mi facsímil, el mismo corpus documental reimpreso, reeditado con algunas modificaciones, adiciones en un sentido femenino que establecía y condicionaba nuestra temporalidad.

El tiempo de nuestro desmadre, ese tiempo en el que me dejaste y disfrutaste el que escribiera y repensara un prólogo tuyo. En unas pocas líneas el tratar de hacer un recuento de todo lo que representabas o al menos dar una idea de todo ese imaginario que te componía. Mi versión y entendimiento de tan compleja maraña que tejías fluidamente.

Hoy… Es mi tiempo. Tiempo de dejar atrás estos recuerdos. Estos ritos (la escritura de este tipo de pequeñas remembranzas, para el lector despistado), deben de parar. Dejar de evocar tu figura cada que puedo. En cualquier momento de debilidad o embriaguez (tuya) –que en ocasiones se presentan simultáneamente, pareciera ser que en mi y en mi actualidad representan lo mismo– vuelves toda tú. Dejando un sabor agridulce en mí (un sabor sazonado con la melancolía), sabor que me revuelve más que el estómago. Sabor tuyo revolviendo mis ideas y aquella estabilidad que creía haber alcanzado. Dejar atrás estos ejercicios que más que ser catárticos me parecen ridículas añoranzas.

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