Reflexiones Alternas

Opinión. Crítica. Reflexión.

Esas ansias de no sé qué

De cuando me platicabas esas ansias que te carcomían, esas ansias que te daban tu impulso, esas ansias que tenías por perderte, me decías. Querías perderte por ahí, no sabías donde, precisamente por eso querías perderte. Perderte entre algún pueblillo. Siempre pensaste que algún día llegarías  y disfrutarías Comala, y que al igual que Pedrito, al fin te darías cuenta que todo lo anterior a lo que llamabas vida, simplemente no lo era. Era algo bastante contradictorio, pues por un lado tus ansias te decían que te perdieras, pero tu torpeza al hablar (ese tartamudeo de pensamiento y palabra que te perseguía cuando algo realmente te emocionaba, ese tartamudeo que precedía a alguno de tus desvaríos y que al igual que a ti, me inquietaba y me sacaba completamente de mi zona de complacencia al hacerme hablar de cosas que no pensaba compartir con nadie), sugería que lo que realmente querías era un  encuentro. ¿Con qué? Eso aún no logro develarlo por completo, pero chingo a mi madre si no era eso lo que buscabas.

Esas ansias tuyas tan contagiosas que nos hicieron ir en busca de tu perdición. El impulso que nos hizo salir no sólo de la Ciudad, sino de todo aquello que implicaba. Nuestro primer viaje juntos, nuestra primera aventura solos. De a poco me fui dando cuenta y comprendiendo eso a lo que te referías: perderse. Llegar a un lugar en donde se desconoce prácticamente todo y en donde no teníamos a quien acudir en caso de algún inconveniente. Sólo nos teníamos el uno al otro. So give the stars to the lonely city

Antes de decidir al lugar en que nos perderíamos, sugerí que al llegar a la estación de autobuses, simplemente adquiriéramos los tickets del camión más próximo a salir. Me miraste y no dijiste nada, pero sabía lo que estabas pensando. Me querías gritar explicándome que me dejara de sugerencias idiotas sacadas de alguna película absurda que habíamos visto sólo dos meses antes. Pero no dijiste nada. El mismo silencio hice cuando por fin te decidiste por un lugar ‒pienso que siempre habías sabido que ahí nos dirigiríamos, como si ya lo tuvieras decidido desde el preciso instante en que te surgieron aquellas ansias de perderte‒ y te tartamudeaste tratando de decirme a donde iríamos. Con ese vocabulario ridículo y tan preparatoriano.

-¡Queretarocks!- dijiste toda emocionada y feliz. Jajaja aun me sigue dando chingos de risa la palabra. Se me hace como sacada de algún diccionario o lista de palabras cool encaminada a ofrecer la jovialidad que anhela uno de los tantos adultos contemporáneos y esperpentos que se pueden encontrar tan fácilmente deambulando por las calles. Dícese de la acción de chavorruquear. Y se pronuncia: “¡Y te va a pasar a ti!”.

En fin, después de ese breviario cultural, ya llegando a lo que sería más mi perdición que la tuya, y después de un trayecto en donde una botella compartida de Los Reyes me quitara ese nerviosismo que me invadía ante tu simple presencia, llegamos a tu Queretarocks, donde lo primero que teníamos que hacer era adquirir medios de apertura de puertas y mentes. Esa idea que tenías sobre la obligación de que al ir a algún lugar nuevo, debías  de consumir algo local, y a diferencia de la mayoría de las personas que se enfocaban en alimentos o algún tipo de bebida típica, tu satisfacción era consumir algo de caquita de chango lugareña (como si variara mucho de un lugar a otro). Práctica no muy original que se te quedó después de leer sobre la Acapulco golden de Joseagus que tanto te maravilló. Cubriendo esa  juvenil necesidad básica, dimos un rondín por el centro y regresamos al cuarto en donde nos quedaríamos esa noche. Esa noche en donde entendí no muy bien tu error al decir que querías perderte. All I see is her obsidian eyes. Aquel momento en donde me perdí en tus ojos y me encontré. Me encontré sin palabras como muchas otras veces. Veces en las que me sugerías que cesara mi conversación interna y todo ese vómito de ideas que me revolvía. Y volvía a descifrar ese lenguaje que nos habíamos inventado. El lenguaje de los amantes. El lenguaje que ellos mismos se inventan para por un instante poseer a la otra persona. Nada existente fuera de esa, su comunicación. Esa forma de expresarse que sólo ellos entienden y no entienden; esta por demás un entendimiento verdadero. Les es basto el mirarse a los ojos y encontrarse, imaginar que se encuentran. Aquel fortuito encuentro de sí mismos en el otro. Qué deleite saber que es posible rastrear un fragmento propio en la otredad, también qué lástima ser consciente del posible desvanecimiento de ese lazo que los une por ese instante, por ese eterno instante.

Después de esa noche me prometí no volver a dormir en tus ojos. Me prometí no volver a ceder ante ti. Ain´t seen anything so pretty. Promesa que como muchas otras no pude sostener.

El amor enferma, vulnera, viola…

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