Reflexiones Alternas

Opinión. Crítica. Reflexión.

La historia debería de ser contada por hombres verdes. (Parte I)

Los hombres verdes.

Caminaba hacia atrás contando cada uno de los pasos que le permitirían llegar al otro lado de la banqueta: 20, 19, 18… Nunca nadie se detenía a verlo: 17, 16, 15… Las personas eran como toreros esquivando los coches: 14, 13, 12… Jugadores del juego de pelota prehispánico: 11, 10, 9, 8… Soldados de guerra convertidos en citadinos con paquetes de pastelerías, zapaterías, ópticas e infinidad de comercios que existen en el centro de la ciudad: 7, 6, 5, 4 …. El hombre rojo siempre había sido ignorado mientras esperaba paciente poder atravesar Niño Perdido: 3… San Juan de Letrán: 2… Hoy convertido en Eje central: 1.

Quizás no importe mucho narrar el ruido vociferante que se dejaba escuchar en plena avenida, conversaciones empalmadas con preocupaciones o alegrías diferentes, pitos de carros y camiones en su máximo mentando madres al típico mexicano imprudente; quizás no importe mucho porque arriba del trolebús la preocupación de un hombre verde (como yo) es cuidarse la retaguardia de cualquier hombre o mujer que busque tocar el pellejo ajeno.

Se preguntará el lector qué cosa es un hombre verde, la explicación es la siguiente: citadinos, transeúntes, peatones; todos al fin y al cabo mexicanos ―y uno que otro güero entre ellos― caminan las calles de la antigua Tenochtitlan, la Nueva España, la ciudad Imperial, “la capital” para los fuereños, la Ciudad de México.

Es muy común verlos a todos ellos por entre las calles buscando artículos de primera necesidad: que si el protector de pantalla en la calle del Salvador, que si el quita-pelusa de a tres pesos uno o dos por cinco en la calle de Venustiano Carranza, que si el mallón en la calle de Correo Mayor, etcétera, etcétera… Las bolsas de plástico, colgando de sus brazos, son extremidades para aumentar su capacidad para guardar toda la merca. No quiero detenerme en las compras que llevan a cuestas, lo que me interesa es resaltar su color.

―No, una vez más, no su fenotipo.  A lo que me refiero es a lo que nadie ve, a lo que los hace ser como son: comerciantes establecidos, ambulantes, desempleados, amas de casa, taxistas, vagabundos, indigentes, artistas callejeros, polis, políticos (muy pocos, pero los hay), extranjeros, hippies, jipitecas, músicos en acción o frustrados por la desesperación, médicos, estudiantes ―la mayoría de las veces de la UNAM, el POLI o la UAM―, y entre ellos muy pocos hombres verdes.

El color de un hombre común puede alcanzar muchas tonalidades, matices o llámesele como se le quiera llamar. Sin embargo, el color de un hombre verde siempre intentará conservar su tonalidad. Puede llegar a opacarse con el tiempo, conforme este va creciendo y se vea envuelto en la desesperanza y la desgracia, el conformismo o el inconformismo, el amor y el desamor. A pesar de ello, nunca dejará de ser lo que es.

Asimismo, la naturaleza de un hombre verde radica en su manera de caminar. Véase en cámara lenta: su paso es desfachatado, un píe tuerce para la izquierda mientras el otro intenta alcanzarlo con un leve retraso, ahora el turno es del píe que se ha quedó atrás, las manos en los bolsillos y la cabeza baja como observando el vaivén de los zapatos que bailan “sobre las olas” del pavimento; ligeramente distraído, alza los ojos cuando se cansa de ver el suelo. Altamente curioso, fija la mirada en los edificios y las personas que salen a su encuentro; prevenido, las manos pierden su forma cuando algo llama su atención, saca una pequeña libreta y la pluma fija su atención sobre la hoja en blanco. Amante natural de cuadernos y de plumas.

El hombre verde adopta dicho sobrenombre gracias al dibujante Abel Quezada. Hemos de ser un hombre verde por convicción, por orgullo y valentía, pues AQ dice de nosotros que:

– “Nunca nos va a faltar nada. Somos como la mujer barbada, como el hombre color verde. O sea, somos diferentes”.[note]Abel Quezada, Nosotros los hombres verdes. , México, FCE, 1985, p. 148.[/note]

El hombre verde es como un fenómeno de carpa, sabes:

–“Podrá trabajar en los circos valido solamente de su color, sin necesidad de ser maromero, ni equilibrista, ni hombre bala. La gente lo verá siempre con curiosidad, con admiración. Y es que hombres verdes no hay muchos”.[note]ídem.[/note]

El hombre verde, querido lector, soy yo: un historiador. Y por lo menos en mi caso, mi color radica en la expectación y el respeto que puedo provocar en los demás al saberme una enciclopedia andante a la que sólo hay que preguntar; en la incógnita que despierto en las personas que abordan junto conmigo el transporte público y que al verme absorto leyendo me suelen interrogar:

–Y usted, ¿qué estudia?

Aparto la mirada intempestivamente del párrafo donde se hallaba clavada, y tímidamente contesto:

–Historia.

Créalo o no, estimable lector, la cara del usuario (tururú, muy al estilo de la línea del metro) palidece y sólo puede decir:

–Y eso, ¿qué es? ¿Para qué sirve? ¿Eso se estudia, es una carrera?

Ante la duda generada, el intento por explicarle es en vano…

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